RELATOS

Miedo helado

 

 

Cantina, que recibió aquel nombre porque su padre era un apasionado de la bebida y a su madre le gustaba cantar, era una pesimista convencida. Cuando salía de casa miraba a todas partes; al suelo, por si había algún agujero que la llevara a otro mundo, y hacia arriba si caminaba cerca de una iglesia desde que supo que en su ciudad un hombre falleció al caerle sobre la cabeza un nido con cigüeña incluida.

 

Amante de los productos de secano, a Cantina le repelía el frío. La sensación de era tan espantosa cuando se le enterraba en los huesos y encogía su cuerpo como una oruga de campo dejándola la piel blanquísima, tanto que daba por hecho que estaba a punto de morir por la enfermedad del carámbano. Lo que menos soportaba del frío era tener que ponerse una capa tras otra de ropa hasta que  ya no podía doblar los brazos, pasando de ser una Nancy al muñeco Michelín.

 

En el colegio de Cantina animaban a todos los alumnos a practicar el esquí los miércoles por la tarde. Al principio ella se resistió a aquellas clases. Sentía un miedo atroz a las alturas y a las pistas congeladas, aunque desde la infancia le hubieran dicho que debía superar sus miedos enfrentándose a ellos.

 

Aquel miércoles de marzo, Cantina se levantó cansada. Había soñado que estaba en el pico de una gran roca desde la que no podía ver nada (solo escuchar el susurro del agua de un riachuelo lejano y el revoloteo de unos buitres), cuando sintió cómo algo la empujaba y ella caía al vacío. Despertó y se preguntó si aquel sueño tendría algo que ver con su primer día en la montaña nevada.

 

Subió con todos sus compañeros al autobús que los llevaría a la sierra. Estaba contenta porque estrenaba su equipo de esquí y no la acompañaban sus padres. Se creía mayor y el miedo no podría con ella. Que poco le duró la alegría. Tan solo hasta que desde el cristal del autobús vio el perfil de la Mujer Muerta en la montaña y pidió no ser la siguiente. Trató de distraerse mirando hacia la gran cumbre montañosa con la Bola del Mundo al fondo. Su cuerpo se tornaba con todas las tonalidades del arcoíris, similar a un helado Twister.

 

Al llegar a la estación de esquí, el monitor los separó por niveles. Aunque la pusieron en el cero, ella consideraba que su nivel estaba en el menos uno, en el garaje. Entonces comenzó su verdadera lucha; primero al intentar ponerse aquellas botas, que pesaban como los menhires de Óbelix y que le hacían caer constantemente. Luego, al intentar encajarlas en las tablas.

 

Después de que el monitor les enseñara algunos movimientos, les indicó que se colocaran en fila para subir al telesilla. Cantina se colocó la última e intentó rezar todos los padrenuestros. Como no se acordaba ni de cómo empezaban, se los inventó. Suplicó al habitante supremo que terminara su trabajo y le colocara alas para poder volar. No se atrevía a decir a nadie que tenía miedo. Le daba vergüenza ser la causante de risas y bromas de mal gusto.

 

Cuando le tocó el turno, solo quedaba ella y tuvo que subir sola. Divisaba todo muy pequeñito desde allí arriba, cuando vino a su mente el sueño que había tenido y empezó a moverse inquieta, mirando hacia arriba para buscar el vuelo de los buitres leonados de la zona. Quizá fueron demasiado rápidos los movimientos, pero ya no pudo hacer nada cuando sintió cómo su cuerpo se resbalaba del asiento y toda ella se quedó colgando de la silla voladora, enganchada por su bastón de esquí.

 

No sabía qué hacer. No quería mirar hacia abajo y tenía que pensar rápido. Lo único que se le ocurrió fue gritar haciendo el sonido de la ambulancia, mencionando el nombre de su prima Maripili, que la acompañaba en la expedición y que ya debía de estar en la cumbre de la montaña, donde finalizaba aquel viaje espacial. Quiso pensar que sus gritos fueron escuchados, porque el telesilla comenzó a circular cada vez más lento por aquella cuerda floja. Solo esperaba que su brazo aguantara agarrado al bastón y que ninguno de los dos, ni brazo ni bastón, se despegaran de su cuerpo.

 

Por fin llegó al final del túnel transparente y un gran grupo de personas tiró de su ser suspendido en el vacío. Al aterrizar creyó que su cuerpo estaba cayendo al precipicio. No sentía parte de sus extremidades y la cabeza le daba vueltas.

 

La culpa de aquel suceso se la echó Cantina por inventarse los padrenuestros que la habían convertido en una hereje momentos antes de subir al telesilla. Desde entonces, pide la bebida sin hielos, por miedo a ahogarse en algún vaso enviado desde otra dimensión.

 

@AnanaeGB11